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Romi2 (1)

Desconéctate

26-12-2018
Es mi profundo deseo para todos este 2019. Sigamos atentos al desarrollo de las comunicaciones y aprovechemos al máximo lo que nos ofrece la tecnología, pero olvidémosla cada vez que podamos.

Romi2 (1)

La última semana del año es un poco odiosa pues nos llenamos de recuentos, algunos para agradecer y otros para reprocharnos. Recordamos todo lo que no hicimos o lo que hicimos mal, escarbamos las metas que pateamos para el año siguiente y nos damos cuenta de todos esos deseos que dejamos en el aire porque no tuvimos ni la menor idea de cómo hacerlos realidad. Si bien también pasamos lista de todo lo bueno que nos pasó, o hicimos que pasara, en nuestros resúmenes mentales suelen ocupar más espacio los sermones que las felicitaciones, ¿no? Somos mandados a hacer para el autoflagelo, y si hay algo que se repite un montón en esa recriminación es la frase “Es que no tuve tiempo”. Pues bueno, aunque suene a frase inspiracional de Instagram, aquí va uno de mis grandes aprendizajes en lo que llevo de vida y que quiero compartirles de cara al año que comienza: el problema nunca es la falta de tiempo, sino la mala administración del tiempo que tenemos.

¿Acaso no es lo mismo? No, pues. La primera frase nos convence de que el tiempo que necesitamos no existe; la segunda frase nos explica que ese tiempo sí existe pero nosotros lo malgastamos. Hacernos conscientes de esto es muy difícil, pues cada vez es más usual vivir en piloto automático. Es terrorífico cuando llega el día en que te das cuenta de que sí hay tiempo para las cosas que te importan pero que lo despilfarras en lo que no deberías, y hay muchísimos ejemplos de esto, desde lo más profundo-trascendental (como estudiar una carrera que no es tu vocación, sólo porque tus papás te lo pidieron o porque crees que es más rentable) hasta lo más trivial, y ya que la tecnología es el tema que nos reúne en este blog, quedémonos un segundo ahí. Hay instancias en que la tecnología nos roba tiempo, chicos. Nos distrae, nos marea, nos ayuda a eludir. ¿Así que qué hice este año? Me desconecté.

No, no me cambié a un celular sin 3G ni cerré mis redes sociales. Sigo tan interesada en la tecnología como siempre. ¿Entonces? Suena a tremenda contradicción, lo sé, pero si hay algo que te regalan los años es esa preciada cualidad llamada perspectiva. Tampoco es que esté en la tercera edad, pero pertenezco a la generación que vio nacer a las comunicaciones como las conocemos hoy, y por tanto tuve el privilegio de gozar varios años de vida análoga, algo que ningún joven de 25 o menos puede decir. Crecer sin Internet hizo que hoy valore más mi actual plan de datos. Sé cuánto me facilita la vida y también sé lo que es no tenerlo; por lo mismo, no me abruma regresar temporalmente a ese escenario, pues tampoco era tan malo. ¿Apagar mi smartphone? Claro. Cuando tenía 15 años no existían, así que estoy preparada para el desafío. A esa perspectiva me refiero: he logrado un equilibrio en el que puedo desconectarme a ratos o cuando lo necesite. A Facebook lo dejé prácticamente olvidado, reviso Twitter apenas un par de veces al día, tras subir una historia a Instagram cierro inmediatamente la app, tengo silenciadas las notificaciones de Whatsapp… y mi literatura fluye más rápido, paseo más con mi perro, duermo mejor. Sí, se puede.

Los chicos que nacieron con Google bajo el brazo no pasaron por una temporada de adiestramiento en vida off, por lo que les cuesta mucho más intentar una desconexión eficiente y es totalmente comprensible. Para ellos y para los más viejos con amnesia de la época pre-digital, va mi deseo de año nuevo: recuperen el tiempo que la tecnología les quita. Quizá eres de esas personas que dice que olvidó saludar a un amigo por su cumpleaños y se justifica con un “es que no tuve tiempo”. De los que no ayudaron a su hijo con su tarea porque “no tuvo tiempo”. De esos que no han empezado ese curso online que tanto necesitan porque aún “no tiene tiempo”. Sin embargo, pasaste una hora vitrineando Pinterest o tu timeline de Instagram y ni cuenta te diste. O pasaste aún más tiempo jugando Candy Crush, viendo videos de animales en YouTube o maratoneando dos días seguidos en Netflix. Entonces, piénsalo otra vez. ¿Seguro que no tienes tiempo para tu familia o amigos, tiempo de hacer eso que tanto has pospuesto, o es que la procrastinación tecnológica te dejó sin salida?

Hay luz al final del túnel y puedes comenzar con pequeños pasos. No postees todos los días (yo lo hago cada dos o tres), y cuando vayas a hacerlo, pregúntate realmente si estás compartiendo contenido relevante o sólo quieres mostrarte por esa presión ilusoria de “estar vigente”. Fija uno o dos horarios en el día en el que no puedas revisar tus notificaciones (si crees que es imposible controlar la compulsión, ya hay apps que te ayudan). No revises el mail de la pega durante el fin de semana; aunque creas que eres indispensable o que se acaba el mundo si no lo haces, lo más probable es que el planeta siga girando igual. Deja tu celular en silencio y guárdalo cuando estés almorzando con alguien. Premia tu concentración: a veces me autoimpongo que sólo si termino de escribir un capítulo de mi novela, tengo permiso para ver el episodio nuevo de Outlander. La gracia es ser creativo, porque desconectarse debería sentirse como un alivio, no como una tortura. Puede ser muy difícil al comienzo, recuerden que esto ya se trata como una adicción, pero el autocontrol es un músculo que se trabaja de a poco y se fortalece a pura voluntad, así que no decaigan. Recuperar tiempo perdido es casi un arte, pero una tremenda satisfacción en el mediano plazo.

En serio, desconéctate, tanto como puedas y quieras. Es mi profundo deseo para ti que me lees y para todos este 2019. Sigamos atentos al desarrollo de las comunicaciones y aprovechemos al máximo lo que nos ofrece la tecnología, pero mantengámosla a raya, dosifiquémosla, olvidémosla de vez en cuando, para así reconquistar minutos valiosos que devuelven el foco hacia lo importante, lo que te puede hacer avanzar, en definitiva, a lo que te puede hacer feliz.

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