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LG_Portadas

Todos contra el odio

18-10-2018
Nuestro comportamiento en las redes sociales no es responsabilidad de esas plataformas, pero sus creadores sí pueden implementar nuevas herramientas y actualizaciones que nos ayuden en la moderación del clima cada vez más enrarecido y violento que se vive entre sus paredes virtuales. Pueden y deben, y algo han estado haciendo.

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No sé ustedes pero, en este momento de la era globalizada, mi red social favorita es Instagram. Quién lo diría. Soy una mujer más de textos que de fotos, pero últimamente me siento mucho más cómoda ahí. Hay más felicidad en el aire. Es una red llena de trolls como cualquier otra, pero por alguna razón aún no lo veo tan nítidamente en mi círculo inmediato, y lo estoy disfrutando mientras dure. Al final, el formato de una plataforma o el lenguaje de una aplicación hace un tiempo dejó de ser prioridad para mí: ahora lo es el clima. Y me siento de vuelta a fines de los 90s, cuando huía de los llamados “foros” –ya casi extintos–, verdaderos coliseos con personas arrojadas a los leones por sus opiniones mientras un montón de mirones atestiguaban eligiendo un bando. Nada ha cambiado en treinta años, sólo la visibilidad. Antes los foros eran lugares de nicho, segmentadísimos por geografía o aficiones, pero hoy cualquiera puede presenciar la pelea de turno en Twitter, aunque no conozca a los involucrados ni sepa por qué se odian. El show del odio tiene un atractivo en sí, se expande, se asienta y, por esa misma razón, me empuja a salir. Cada vez entro menos ahí. Para qué hablar de Facebook, donde cada nueva polémica sobre filtraciones de datos, hackeos y colaboración en fake news destruye más la comodidad que alguna vez sentimos en la casa de Mark Zuckerberg, provocando un éxodo continuo de usuarios. De nuevo, las prioridades están cambiando. Los climas enrarecidos, de frustración, de violencia, están matando las conversaciones que alguna vez se fundaron en la simple buena onda, y aunque lo he dicho mil veces, vaya una vez más: la culpa no es del empedrado.

No es la tecnología, no son los celulares, no son las apps de citas, no es la vida moderna: somos nosotros, siempre, quienes tomamos las decisiones tras la pantalla o el teclado, así que nuestro comportamiento es nuestra responsabilidad. Sin embargo, la arena del coliseo es cómoda para los leones. Si en lugar de arena hubiese hielo, menos leones se acercarían a cazar. Lo mismo con las redes sociales: nuestro comportamiento en ellas no es responsabilidad de sus creadores, pero sí pueden implementar nuevas herramientas y actualizaciones en sus plataformas que nos ayuden en la moderación del clima que se vive entre esas paredes virtuales. Pueden y deben, y algo han estado haciendo.

En marzo vivimos una eliminación masiva de cuentas en Twitter y la mayoría lo aplaudió. Sí, muchos vieron bajar su número de seguidores, pero la idea tras la brusca medida era limpiar el sistema de cuentas en desuso y de todas aquellas que infringían las reglas de la casa, como etiquetar varias cuentas random en un tweet o sólo publicar contenido automatizado, entre muchas otras malas prácticas. Parece un ejercicio rutinario de actualización, pero había algo más profundo detrás de la decisión: hacer lo posible para regresar a los días en que Twitter era un lugar de personas reales en conversaciones amables y entusiastas, en lugar de rounds de boxeo político entre personas y bots. Hoy por hoy una de las herramientas más populares es el botón de “reportar”. La red social del pajarillo azul dejó muy claro qué contenidos no serán permitidos e instó a sus usuarios a actuar contra aquellos que no entiendan el mensaje, no insultándolos o amenazándolos, sino simplemente alertando al sistema. Desde el spam publicitario pasando por la incitación al odio hasta glorificación de la violencia, cada vez es más fácil ayudar a bloquear cuentas inadecuadas. Yo misma he participado en varias de esas “funas silenciosas”, logrando la eliminación de cuentas con tendencias xenófobas o pedófilas a pocos días de darle click a “reportar”. Si bien no es un método ni tan rápido ni tan infalible, nos da una opción muy tangible para sentir que hay luz al final del túnel. La ilusión de alivio, aunque sea temporal.

Instagram también está haciendo lo suyo. Sabiendo que en sus terrenos se vive buena parte del bullying adolescente actual, ha tomado el tema como bandera de lucha. Hace pocos días un comunicado oficial nos hizo saber que están utilizando nuevas técnicas de inteligencia artificial para detectar violencia o acoso en fotos, descripciones de fotos e incluso en los comentarios. Mientras Twitter busca que sean los mismos usuarios los que participen activamente en la automoderación del clima, denunciando a los alborotadores, Instagram quiere explorar más la vía institucional, desarrollando herramientas que permitan prevenir antes que curar. Ya puedes publicar fotos desactivando la opción de comentarios, por ejemplo, algo que muchas celebridades están poniendo en práctica, y también puedes activar un filtro de palabras ofensivas en la interacción de tus videos en vivo. Más de estas pequeñas ayudas irán apareciendo en las próximas actualizaciones de la app.

La violencia virtual parece un pasatiempo en estos días. Me duele hasta escribirlo, pero es así. Suerte que el optimismo (o la candidez) no me abandona nunca, como un virus. Difícilmente regresaremos a la época dorada donde en las redes buscábamos simplemente alguien con quien hablar, donde predominaba el intercambio de información y la buena onda era la regla, no la excepción. Donde botones de pánico para alertar sobre acoso era algo que no se nos pasaba por la cabeza. Pero ya estamos ahí. Ya no hay vuelta atrás. Diría “todos en pro de la amabilidad”, pero necesito gritar algo más fuerte, más urgente, ya que sólo lo urgente pone las conciencias en movimiento. Todos contra el odio, cabros. Cambiar el mundo quizá comienza en tu teclado.

 

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