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Romi1 (7)

La imperecedera tontera de prohibir

12-09-2018
Muy primer mundo será, pero la decisión del gobierno francés de prohibir el uso de smartphones en los colegios es un error. Las prohibiciones sólo aumentan el deseo por lo prohibido, sobre todo si eres un rebelde adolescente, y un celular puede ser un gran amigo del profesor, no su enemigo, siempre y cuando el docente sepa utilizarlo en su contexto.

Romi1 (7)

No importa cuántos años tengas, seguro recuerdas cómo fue tu adolescencia, y si hay algo que la caracteriza es la rebeldía. Si te decían o recomendaban que fueras para un lado, tú ibas para el otro. ¿Por qué? Porque sí. Es una edad de testear límites, de reconocer tus propias cualidades/defectos y crear identidad, muchas veces a partir del contraste con otros, especialmente con los adultos quienes supuestamente son el “ejemplo”. No estoy diciendo que la rebeldía adolescente sea buena o mala per se, sino simplemente que es un fenómeno evidente que ocurre y hay varias formas de vivirlo y/o enfrentarlo. En ese momento de la vida es una rebeldía frágil, quizá superficial, que no siempre tiene norte o una causa clara; se transforma más bien en un juego de poder. Hay adolescentes en todo el mundo rebelándose por grandes injusticias sociales e históricas, sin duda, pero yo me refiero más bien al proceso hormonal y de desarrollo cerebral que te convierte entre los 12 y los 16 años en un contreras insufrible para tus padres y una pequeña bestia para tus profesores. Sí, todos estuvimos ahí.

Esta reflexión sobre la rebeldía es lo primero que se me vino a la cabeza cuando supe que el gobierno francés había dispuesto prohibir el porte y la utilización de smartphones en los colegios. Se me ocurrieron diez memes distintos de personajes que se golpean la cabeza con gesto de decepción. ¿No se supone que son el primer mundo? ¿No deberían venir de vuelta en estas situaciones, implementando medidas vanguardistas y con altura de miras? Okey, no todos los países pueden darse el lujo de ser Finlandia, pero hay unos más cerca que otros, y uno pensaría que Francia estaba en ese camino. Pero no.

La ley que acaba de aprobarse dice básicamente que todos los dispositivos móviles con conexión a Internet estarán vedados en los establecimientos educacionales, específicamente para los alumnos de primaria y primeros años de secundaria, es decir, hasta los 15 años. La idea es combatir la adicción al celular, dicen las autoridades, pero están apagando el incendio con bencina. Me cae bien el presidente Macron, no lo niego, pero aquí se cayó, porque desde tiempos inmemoriales sabemos que las prohibiciones en contextos juveniles –salvo excepciones obvias, como drogas o armas– son medidas cosméticas que no apuntan al problema de fondo y que, por el contrario, no hacen más que esconderlo bien bajo la alfombra, propiciando la rebelión de los chiquillos –ya sea en resistencia o contrabando– en bandeja. La solución nunca está en prohibir, sino en regular y formar, y no lo digo yo, lo dicen los libros de Historia. También lo dice J. K. Rowling en Harry Potter y La Orden del Fénix, por si le creen más a las novelas.

La adicción a las pantallas es un problema grave, estamos claros, y hay que abordarlo de alguna manera, pero educar debería ser siempre la primera opción. Por ejemplo, tras los resultados de Cadem que arrojaron que el 60% de los padres no se despegaba de su celular cuando estaba en la plaza con sus hijos, en lugar de prohibir los dispositivos la Municipalidad de Santiago hizo un llamado a “guardarlos” durante ese rato, con señaléticas y volantes con información. Obligar a los padres a dejar su smartphone en casa y, en consecuencia, dejarlos incomunicados, sería una tontería. El sentido común apunta a que es mejor sensibilizarlos con el tema y ayudarlos a regular su uso. Con el famoso tema de los celulares en la sala de clases es lo mismo. Sí, en el ejemplo anterior se trata de adultos y en el otro hablamos de niños y adolescentes, pero el fondo es el mismo: educar y controlar una situación antes de prohibirla. Para las nuevas generaciones, estar y sentirse permanentemente conectados es la base de su socialización y convivencia. Utilizar un smartphone no es una opción o un privilegio, es el estándar, tanto como un comedor grupal para el almuerzo. Mientras no entendamos eso, seguiremos empujándolos a aceptar sin chistar regulaciones obsoletas que, además de crear resquemor y separación, impide a los adultos desarrollar una sana flexibilidad ante los cambios sociales aparejados a la era globalizada.

Llevo muchos años instruyendo a profesores en el buen uso de la tecnología en el aula, para que terminemos con esa demonización innecesaria de los gadgets y aprendan a sacarles partido en clases, no sólo porque son herramientas buenísimas en el proceso de aprendizaje, sino también porque son un puente tangible entre el adulto y sus alumnos. Hablar el lenguaje de los niños y adolescentes, entender el contexto social-global en el que les tocó vivir y acercarse con apertura de mente a la tecnología que ellos usan, minimiza la brecha natural profesor-alumno, propicia un clima de confianza y favorece sin duda una mayor predisposición a las tareas académicas. En resumen, un celular puede ser un gran amigo del profesor, no su enemigo, siempre y cuando el docente sepa usarlo en su contexto, claro está, porque hay algunos que prefieren negar la tecnología que “darse la lata” de entenderla y aprender a utilizarla correctamente.

La medida francesa hace esa salvedad y permite el uso de dispositivos móviles si se enmarcan en una actividad pedagógica. Fantástico, pero no es suficiente. No podemos vivir de excepciones. En lugar de manosear a los alumnos en la entrada del colegio e incautar smartphones como si fuese cocaína, deberíamos tener constantes conversaciones abiertas con ellos sobre cómo la tecnología impacta en sus vidas, cómo la usan, en qué momentos es apropiado descansar de ella y qué beneficios puede traerles esa desconexión ocasional. Facilitar el entendimiento será mucho más efectivo y eficiente en el mediano y largo plazo, considerando además que el futuro escolar se ve cada vez más tecnologizado. Las prohibiciones sólo aumentan el deseo por lo prohibido, sobre todo si eres un rebelde adolescente. La rebeldía debería ser de los adultos, eligiendo ponerse del lado de los alumnos y comprender sus procesos, en vez de mantenerse en esa nefasta posición dominante del “porque yo lo digo” sin posibilidad de diálogo. Eso termina mal. No lo digo yo, lo dicen los libros de Historia. Y Harry Potter.

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