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Lo que nos ha unido, que no lo separe el celular

29-08-2018
La utilización negligente de la tecnología nos ha hecho avanzar tres pasos y retroceder dos en el campo de las relaciones humanas. Nos volvimos cómodos, y el miedo a la desconexión emocional no ha sido suficiente como para apagar la pantalla. ¿Qué estamos esperando?

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Si hojeamos algún libro de Asimov o la mayoría de las distopías de moda, nos topamos con un concepto peligrosamente recurrente: en el futuro, las máquinas dominarán a los humanos y acabaremos en una inevitable guerra por sobrevivir. Básicamente, para escritores y guionistas, los humanos no somos más que monos con navaja, irresponsables en el uso de las nuevas tecnologías, ambiciosos sin límites e incapaces de prever las consecuencias medianoplacistas de nuestros actos. Directo y correcto, diría yo, aunque suene duro. El que esté libre de pecado, que lance el primer Tamagotchi.

Es una reflexión amplia que muestra consecuencias en muchas áreas de nuestra vida, pero quisiera detenerme en una: en nuestras relaciones personales. Pucha que han salido aporreadas en la evolución tech. Mientras inventos como Skype desdibujaron las fronteras geográficas y hoy permiten un intercambio fluido y constante con amigos o familiares que están lejos –algo que la carta o el teléfono nunca llegó a satisfacer por completo, por distintas razones–, el abuso de Whatsapp y otras herramientas ha terminado por reemplazar las conversaciones cara a cara con quienes más nos importan y están cerca, degradando la comunicación al carecer de elementos claves como la gesticulación y otros signos vitales del lenguaje no verbal, sin contar la pérdida del preciado contacto físico. Más frecuencia, menos calidad. ¿Qué hacemos? ¿Conformarnos?

Un reciente estudio de Intel llamado Next50, encargado a la consultora PSB, analizó la actitud y percepción de más de mil ciudadanos estadounidenses sobre los avances actuales, los que podrían darse dentro de los próximos 50 años y sus posibles implicaciones. Entre sus varias aristas, un dato llamó mi atención: la encuesta arrojó que un 53% de las personas asegura depender de la tecnología para mantener el contacto con sus seres queridos, si bien un 56% de ellos confesó el miedo a desarrollar una excesiva dependencia de esas herramientas y que eso redujera el tiempo real de interacción. Es decir, nos gusta el cuento pero también nos asusta. Incluso un 37% estuvo de acuerdo en que el uso de la tecnología produce aislamiento… pero es un repliegue cada vez más voluntario, y ahí está realmente el problema. Nos volvimos cómodos, y el miedo a la desconexión emocional no ha sido suficiente aliciente como para apagar el celular. Nos aprovechamos de un teclado para eliminar el estrés o nerviosismo de mirar al otro a los ojos, satisfacción inmediata, sin entender que estamos privándonos de un increíble momento de conexión que ninguna app jamás ofrecerá. La comunicación, así, se vuelve superficial, utilitaria, sin profundidad ni mucho sentido, pero chatear es tan seductoramente rápido, ¿no? Los comunicadores sabemos que el 80% de la información que damos y recibimos no pasa por qué se dice, sino cómo se dice. Eso implica que llevamos mucho rato relacionándonos al 20%… y después nos quejamos de los malentendidos. Los errores de interpretación vía mensajería o email no son un potencial, son garantía. A eso sumemos el gran porcentaje de personas que, de partida, no entiende lo que lee (y que parecieran habitar principalmente en Twitter). La receta del desastre.

Pero tampoco quiero que me malinterpreten aquí. Soy una amante de todo avance científico que contribuya a mejorar nuestra calidad de vida, y estoy convencida de que la tecnología ha perfeccionado tremendamente muchos aspectos de la comunicación –la inmediatez noticiosa en situaciones de crisis, por ejemplo, ha sido esencial para tomar medidas e implementar soluciones–; sin embargo, nuestra utilización negligente de ciertas herramientas nos ha hecho avanzar tres pasos y retroceder dos en el campo de las relaciones humanas. Porque no vale echarle la culpa al empedrado: la responsabilidad siempre es del usuario, incluso cuando hablamos de inteligencia artificial, que pareciera pensar por sí misma. No es así. Somos los creadores y controladores, tenemos el poder de decisión en cada situación. La nefasta tendencia llamada Ghosting no es una consecuencia de los aparatos modernos, como algunos defienden, sino del uso malicioso que un montón de cobardes le encontraron para no tener que dar la cara al terminar una relación amorosa. ¿Se entiende la idea? Estoy segura de que sí.

La tecnología es magia tangible. Ha permitido un desarrollo global que habíamos confinado a las novelas de ciencia ficción y seguirá sorprendiéndonos en los años venideros, tanto en la comunicación como en cualquier otra área importante para la humanidad. Por lo mismo, mientras más avanza, más responsabilidad tenemos. Las consecuencias de su mal o buen uso, de su ayuda o condena, siempre es nuestra. Hacernos conscientes del cómo y cuándo utilizarla es el primer paso, que no es el más fácil, pero sí el más eficiente, sobre todo si queremos mejorar la calidad de nuestras interacciones.

¿Consejos? ¿Experiencias? Los leo.

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